Saturday, 23 July 2016

Leyendo lo ocurrido con la madre que daba la teta a su bebé y la 'teteada' organizada para este finde...

este cuento vino a mi mente y lo comparto con uds.

La ira en acción
En los manuales de Historia Argentina, todos leímos que un grupo de mujeres porteñas emplazadas en las terrazas arrojaron agua hirviendo a los invasores ingleses colaborando así en la Reconquista de Buenos Aires, allá por 1807.
      Yo les contaré algo que sucedió a fines del siglo XX, sólo una pequeña historia ocurrida en una comisaría porteña.
     En la comisaría están preparados para prevenir o frenar una serie de graves incidentes: que un detenido intente fugarse; que un delincuente trate de asaltar y quitarle el arma a un policía; que ingrese alguien con explosivos; y hasta que un detenido elija suicidarse antes de ser condenado. Pero ese día fueron sorprendidos por un hecho sin precedentes.
     La protagonista, Rosa, una vendedora de verduras y especias, boliviana, había sido detenida por no tener autorización para instalarse en esa vereda del barrio.
   Ella estaba con sus productos multicolores, dispuestos en dos pequeños cajones, con mucho gusto y buenos aromas. A su lado, una hija adolescente teniendo en brazos al más pequeño de sus hermanitos, de apenas tres meses de edad, quien necesitaba estar cerca de la mamá porque ella lo amamantaba cada vez que él lloraba y así se estaba criando gordito y sano.
     Desde el patrullero detectaron la irregularidad y dos policías procedieron a llevar detenida a Rosa. Ella, en medio de su desesperación pudo confiar el cuidado de sus hijos a una vecina que se mostró muy preocupada y dispuesta a ayudarla, en tanto sus mercaderías eran llevadas, también, como prueba del delito.
Ya en la comisaría, fue alojada en una habitación, sin mayores explicaciones, donde también había otra vendedora ambulante de iguales características, que había corrido el mismo destino. Entre ambas bolivianas no hubo casi diálogo, sólo una espera tensa. Dos horas después una mujer policía les acercó una taza de caldo y el ofrecimiento de usar el sanitario; nuestra protagonista aprovechó este momento para implorar que la dejen ir a amamantar a su hijo. La respuesta fue negativa, tenía que esperar la decisión del comisario. La compañera de cautiverio reclamó estar en igual situación. Esto provocó mayor fastidio en la policía, quien salió y volvió al rato, con el mensaje de que no saldrían en libertad hasta el día siguiente.
    Rosa, se sintió desesperada, con una ira tan incontrolable como la tensión extrema de sus pechos dolidos. Contuvo sus ganas de llorar, y alcanzó a pesquisar que la puerta había quedado apenas entreabierta. Por la delgada columna de luz vio que en la oficina no había nadie, y sobre el escritorio unas hojas escritas, documentación sin duda. Con mucha cautela y agilidad abrió la puerta, confirmó la ausencia de persona alguna, dio unos pocos pasos y ya estuvo en el lugar desde donde desnudando y oprimiendo uno de sus pechos regó con su leche todos esos papeles. Apareció un policía desde la puerta de entrada de esta oficina, a los gritos, que se superponían con los de Rosa. Mientras él la amenazaba con prolongar la detención ella defendía poder salir en libertad para alimentar a su hijo.
      Los expedientes se arrugaban y caían algunas gotas de leche al piso, Rosa disimulaba su temblor y se mantenía erguida. Ahora sí el comisario se hizo presente, entró a la oficina, y tomó otra hoja que se había salvado de la mojadura y que tenía los datos de Rosa, le ordenó firmarla, y retirarse, así logró su libertad. Y todavía tenía suficiente leche para amamantar a su criatura.
    Rosa me contó este hecho años después. La escuché sorprendida y emocionada.
     Pero por sobre todo, percibí el orgullo que ella sentía por haber ganado esa batalla sin apelar a armas destructivas, si no, utilizando ingeniosamente la leche de sus propios pechos.



Ganador en Ira
Susana Frida Ragatke


Abrazos solidarios!!!
                                        

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