Friday, 24 May 2013

Recordando a Elsa Bornemann...


Ante la partida de esta excelente e inspiradora escritora,
que supo cautivarnos a todos, niños y adultos, decidí
compartir este texto. 
Me recuerda a la historia que mi madre me contaba sobre
el relato que sus hermanos menores inventaban acerca de su
nacimiento: buscaban el repollo más feíto de todos los del
jardín, y se lo asignaban a mi mami - la pobrecita se entristecía
y lo negaba, pero...siendo la anteúltima, y desconociendo la
verdad de la llegada al mundo de los bebés, pocas posiblidades
tenía de descreer...

Nací de un repollo 
Cuando era chiquito, durante un tiempo me creí una especie de verdura de 
carne y huesos, un raro vegetal rosado que —a diferencia de los demás 
vegetales— podía hablar, saltar, reír y jugar. 
Miraba con cariño a las radichetas, a los espárragos y a los rabanitos, tan bien 
ubicados en sus respectivos cajones de los puestos del supermercado y un 
estremecimiento me recorría cada vez que debía morder el pétalo de una 
lechuga o la tajada de un tomate... ¡Era como comerme a un pariente! 
La causante de tan extraña fantasía fue mi abuela. Mejor dicho, una respuesta 
de mi abuela a la pregunta que una tarde le formulé: 
—¿Cómo nací? 
Recuerdo que abuelita carraspeó, me miró de reojo y continuó pegando un 
botón durante media hora, como quien no quiere la cosa. ¡Aquel botón parecía 
tener doscientos agujeritos en vez de cuatro! 
No me desanimé. Yo sabía que ese era su modo de distraerme, de hacerme 
olvidar el tema de mi interés cuando no deseaba contestarme. Por eso, esperé 
pacientemente que acomodara hilos, dedal y aguja en el costurero y volví a la 
carga: 
—Abuela... ¿Cómo nací? 
Mi paciencia dio su fruto; ella comprendió que nada me apartaría en esta 
oportunidad de mi objetivo y no tuvo más remedio que responderme: 
—Pues... creo que ya te lo conté, querido. Saliste de un repollo... 
—¡Si no tenemos huerta! —grité, algo angustiado, a la par que miraba las 
tímidas azaleas alineadas en el balcón de casa. 
—En... en aquella época... tus padres cultivaban repollos en esas mismas 
macetas. Y de uno de esos... el más grandote... el más lozano... ¡ZÁCATE!... 
apareciste. Sus hojas se abrieron de repente y entre ellas, colorado y 
arrugadito, estaba mi primer nieto... —y la abuela me acarició la cabeza antes 
de alejarse, costurero en mano, hacia la cocina. Evidentemente, toda su 
información se había agotado allí mismo. Pero mi intriga no. Y ahora estaba 
más confundido que antes: ¡yo era hijo de un repollo! ¿Tendría tierra en mis 
venas en vez de sangre? ¿Por qué decía la gente, entonces, que yo era igualito 
a mi papá, que mi pelo era negro como el de mi mamá? ¡Ellos se habían 
limitado a cosecharme de una maceta! Ah... pero si en mis ojos estaba la 
marca vegetal, el innegable parecido con el repollo: ¡eran tan verdes como sus 
hojas! Así fue como —durante un año— me torturé pensando que —en 
cualquier momento— ZIP ZIP ZIP... algún brote surgiría a través de mis orejas 
y me cubriría de hojitas y mi cuerpo se afinaría hasta convertirse en un tallo y 
—por fin— mis dedos de los pies echarían raíces... ¡y listo!... un repollo hecho 
y derecho tomaría mi lugar. 
De: El Niño Envuelto - Elsa Bornemann
http://biblioteca.d2g.com



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