Wednesday, 21 December 2011

To my dear students:

On thinking how to express my gratitude for your eagerness to learn, your efforts to attend classes no matter what and everything shared, I remembered the story I now share with you (see below) and cannot but
CONGRATULATE you for breaking with all the ´I can´t´ ´I don´t know´ ´I don´t understand´ and move on, so, here´s to you all, and...in Spanish!



El prisionero
Así ocurrió: Hubo un reino y su consecuente rey. Hubo nobleza, poder y leyes. La gente, dentro de lo posible, era feliz.
Conforme a la tradición, cuando el rey murió, siendo que el único heredero contaba con tan solo cinco años, el trono quedó en manos de su hermano, en calidad de
Regente. Al principio gobernó con justicia, pero la vida cómoda y licenciosa le hizo olvidar que estaba allí para servir al pueblo. Su reinado acabaría cuando el príncipe
cumpliera la mayoría de edad. Esa certeza lo llenaba de angustia y desesperación.
Como la madre del niño había muerto al dar a luz, él era su pariente más cercano y tutor legal. Ordenó que lo recluyeran en un palacio, del que no debía salir nunca, ni
recibir visitas.
Al príncipe no le faltaron manjares o juegos. Pero por más que le rogara a su tío, no le fue permitido al joven abandonar el palacio. Las pesadas puertas de roble, las rejas
de las ventanas y la altura de los techos hacían imposible la huida, aunque el príncipe lo intentara todo.
Así pasaron los años y el Regente permaneció en el trono. El pueblo protestó, pero la nobleza, acostumbrada al orden existente, no encontró objeciones.
Sobrevinieron las guerras, y con ellas los triunfos y las derrotas. De la última batalla regresaron diez hombres y su capitán, y encontraron más pobreza que la que habían
dejado. El regente, aquejado por una rara enfermedad, o quizás tan solo desgastado por sus desmanes, desfallecía.
Cuando el capitán le refirió el estado de las cosas, fuera y dentro de las murallas del reino, el monarca le ordenó que fuera a buscar a su sobrino para que tomara el trono y reencauzara las cosas.
Al llegar al palacio, el capitán encontró las puertas abiertas de par en par. Tan olvidado había quedado el príncipe por su tío, que los hombres que lo custodiaban, al no recibir su paga, habían abandonado el puesto. Solo quedaba un viejo sirviente que, encariñado con el joven, se encargaba de que no le faltara el sustento.
El capitán encontró al heredero en la biblioteca. Le urgió a que lo acompañase junto a su tío agonizante. – Imposible – replicó – no se puede salir de este palacio. El
capitán le recordó que él mismo había encontrado las puertas abiertas. – Ya lo he intentado mil veces: no es posible salir de aquí – ratificó.
El capitán insistió e insistió, lo arrastró hasta el pasillo desde donde se podía ver el verde del campo a través de las puertas del palacio. – No puedo, no puedo salir. ¡Déjeme! –se soltó y volvió a la biblioteca.
Cuando el capitán regresó junto al Regente, éste ya había fallecido. Él y sus aguerridos hombres tomaron las riendas del reino, decididos a recuperar la alegría de la gente. Se cometieron errores, es cierto, pero solo al principio. El capitán se convirtió con el tiempo en uno de los reyes más sabios que gobernaran aquel pueblo. Veló por que no le faltara nada al príncipe prisionero, al que visitaba a menudo, y con quién se enfrascaba en largas charlas. Nunca pudo entender cómo las barreras que el muchacho había creado, los “no puedo”, pudieran ser más fuertes que las puertas de roble o que las rejas de hierro.
Así ocurrió. O no. ¿Quién soy yo para decirlo?

Sergio Alberino
sergioalberino@yahoo.com.ar
www.sergioalberino.com.ar

Here´s one of  the pics Ricardo took on our last meeting, thank you!

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